
Una isla sin asfalto para recorrer en bicicleta, con playas salvajes y paisajes de otra época, a la que se llega desde Lanzarote
Recorrer la isla de La Graciosa es una deliciosa manera de pasar uno de los días de unas vacaciones en Lanzarote. Todo en la isla es una especie de viaje en el tiempo, sobre todo una vez que uno se aleja de la ‘capital’. Pocas veces tendrá tan poco sentido la palabra capital, ya que La Graciosa, con sus 29 kilómetros cuadrados de superficie (aproximadamente siete kilómetros de norte a sur por unos tres de este a oeste) ni siquiera constituye un municipio propio, sino que forma parte de Teguise.
Para llegar a ella, al margen de pruebas de natación o tener a nuestra disposición un barco propio, lo suyo es pasar en los ferris que parten de Órzola. También es cierto que existe un helipuerto para mantener la comunicación de una isla con 600 habitantes censados. Una vez que lleguemos, tras unos veinte minutos de travesía, desembocamos en la plaza de Caleta del Sebo. La impresión que nos vamos a llevar en un primer momento es engañosa, con cierta vorágine turística. Si observamos un rato, veremos que sólo se produce durante los minutos siguientes a la llegada de cada barco de pasajeros. Antes de poner un pie en tierra, ya están esperándonos en la plaza del puerto los negocios de alquiler de bicicletas.
La propietaria de la tienda, velando por su negocio, te recomienda qué partes de la isla evitar. No esperes bicicletas con cuadros de carbono y cambios de última generación. No es el plan. Es más Verano Azul que una marcha cicloturista de montaña, por la dificultad (nula) de las pistas y por el material suministrado. No ofrecen casco, pero si lo pides, te lo dan. El precio, a finales del año pasado, era de menos de 10 euros por bicicleta y día.
Una vez que dejes Caleta del Sebo ya has visto la mayoría de la parte civilizada. Esa es la gracia. A partir de aquí, sólo queda cruzar la isla para ir a alguna de las paradisíacas playas de La Graciosa, que están en la costa norte de la isla. O desviarse a ver Casas de Pedro Barba. Ese es el plan propuesto.
Se deja la población por una pista muy evidente que parte hacia el norte. Al principio de ella encontrarás una de las tres señales de tráfico que hay en la isla, que limita la velocidad a 30 kilómetros por hora. La limitación se aplica sobre todo a los taxis 4×4 que recorren la isla con turistas, o a la ambulancia que de vez en cuando recoge a algún excursionista accidentado.
El camino no tiene pérdida, pues se trata de una pista amplia y relativamente bien afirmada. Un par de kilómetros al norte, y tras haber ganado algo de altura (muy poco realmente), llegamos a una bifurcación. Si seguimos de frente, iremos directamente a las playas del norte. Si tomamos el camino de la derecha, nos dirigiremos a Casas de Pedro Barba, una curiosa población que fue la primera de la isla, al abrigo de una fábrica de salazón de pescado. En la actualidad, sólo un par de farolas hacen que la estampa del pueblo no parezca de hace cientos de años.
Casas de Pedro Barba
Si uno no es muy de playa, la opción de acercarse a Pedro Barba permite alargar el paseo en bici. Al margen de alguna cuesta y alguna pelea con la mecánica maltratada por el salitre, el camino es placentero. Con todo, el interés de la población está más en ver las casas desde la pista. Antes de llegar a Pedro Barba puede uno encontrar la segunda de las señales de tráfico.
Toca deshacer el camino y volver a la bifurcación que antes dejamos atrás. De nuevo en el cruce de caminos, pues estamos en el centro de la isla. Muy cerca de todas partes, pero en mitad de la nada. Si tomamos a la derecha, acabaremos por llegar a las playas del norte de la isla. La pista pasa primero por la playa de la Baja del Ganado, pero merece la pena seguir apenas un kilómetro más y llegar a donde muere la pista. Y, obviamente, allí está la tercera de las señales de la isla. Y, detrás de ella, la Playa de las Conchas.
Playa de las Conchas
Se trata de una playa completamente salvaje, de arena fina y con el mar frecuentemente agitado. No es extraño encontrar a gente haciendo surf. Con todo, sólo queda entretenerse mirando al mar mientras se busca abrigo de la brisa. Puede que el agua esté relativamente fría para un baño placentero en algunos de los meses del año, pero a resguardo del aire puede uno quitarse la camiseta y echarse una siesta al sol como si fuera un verdadero Robison Crusoe. Sólo falta haberse acordado de hacer acopio de comida y agua, y dejar pasar las horas placenteramente hasta la hora de vuelta. Como puedes sospechar, no hay puesto de socorrista.
La vuelta
El camino de vuelta hasta Caleta del Sebo ya lo conocemos. Si regresamos con tiempo, podremos dar un paseo por la población antes de que salga el barco. Sentarse a contemplar un paisaje que parece de otra época, en el que el agua y las casas casi se tocan sin que medie el asfalto es una buena manera de despedirse de la isla, porque ya de vuelta, de nuevo en el ferry, rodeado de otros viajeros y con el traqueteo del mar, el sonido de los obturadores de las cámaras, el encanto tarda poco en desvanecerse. Afortunadamente, la isla parece que seguirá así para cuando podamos volver, porque hay pocas cosas en ella que puedan cambiar.
Fuente: El Correo